El hombre tiene los ojos cerrados, una mano sobre su pecho y otra
sobre el muslo de ella, en íntima complicidad. Para mi esa visión es
recurrente e inmutable, nada cambia, siempre es la misma sonrisa
plácida del hombre, la misma languidez de la mujer, los mismos
pliegues de las sábanas y rincones sombríos del cuarto, siempre la
luz de la lámpara roza los senos y los pómulos de ella en el mismo
ángulo y siempre el chal de seda y los cabellos oscuros caen con
igual delicadeza. Cada vez que pienso en ti, así te veo, así nos veo,
detenidos para siempre en ese lienzo, invulnerables al deterioro de
la mala memoria. Puedo recrearme largamente en esa escena,
hasta sentir que entro en el espacio del cuadro y ya no soy el que
observa, sino el hombre que yace junto a esa mujer. Entonces se
rompe la simétrica quietud de la pintura y escucho nuestras voces
muy cercanas.
-Cuéntame un cuento----te digo.
-¿Cómo lo quieres?
-Cuéntame un cuento que no le hayas contado a nadie.
Isabel Allende, Cuentos de Eva Luna y Afrodita
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