viernes, 10 de junio de 2011

El hombre tiene los ojos cerrados, una mano sobre su pecho y otra
sobre el muslo de ella, en íntima complicidad. Para mi esa visión es
recurrente e inmutable, nada cambia, siempre es la misma sonrisa
plácida del hombre, la misma languidez de la mujer, los mismos
pliegues de las sábanas y rincones sombríos del cuarto, siempre la
luz de la lámpara roza los senos y los pómulos de ella en el mismo
ángulo y siempre el chal de seda y los cabellos oscuros caen con
igual delicadeza. Cada vez que pienso en ti, así te veo, así nos veo,
detenidos para siempre en ese lienzo, invulnerables al deterioro de
la mala memoria. Puedo recrearme largamente en esa escena,
hasta sentir que entro en el espacio del cuadro y ya no soy el que
observa, sino el hombre que yace junto a esa mujer. Entonces se
rompe la simétrica quietud de la pintura y escucho nuestras voces
muy cercanas.
-Cuéntame un cuento----te digo.
-¿Cómo lo quieres?
-Cuéntame un cuento que no le hayas contado a nadie.

Isabel Allende, Cuentos de Eva Luna y Afrodita

martes, 7 de junio de 2011

Ella

Esta historia tiene muy poco de fantasía y mucho de realidad. Esta historia es sobre una mujer; de esas de las que hay muchas, pero que no son famosas, ni conocidas. Deberían destacar de entre muchas, pero el mundo no puede ver su valor real, no reconoce su esencia, no los deslumbra su luz. No es necesario decir su nombre, porque ella representa a muchas. Y vivió lo que muchas mujeres han vivido, y están viviendo ahora, y lo seguirán viviendo, porque un desengaño es tan común como un resfriado. Y nos tumba igual que uno.
Él llegó por sorpresa a su vida, y de la misma manera se fue. Vivieron muchos momentos juntos el uno al lado del otro. Ella cada día iba perdiéndose en su mirada, en sus detalles, en sus ideas. Dejó de ser ella. Su vida dependía de él; de su ánimo, de su movimientos. Y así vivió mucho tiempo.Pero poco a poco las cosas empezaban a cambiar, el beso dejó de ser profundo, la mirada se tornó esquiva, la caricia dejó de ser sincera. Y ella lo sabía. No sabía qué hacer. Sentía desvanecerse de a poco, lentamente. Las explicaciones cada vez tenían menos sentido, y ella quería creerlas. Las excusas se hacían frecuentes, pero ella las justificaba. Las ausencias eran cada vez más prolongadas, pero ella se obligaba a olvidarlas.Su existencia se tornó oscura, amarga... triste. Sus ojos ya no reflejaban aquel brillo que transmiten las mujeres al sentirse amadas. No entendía el maldito motivo de ese cambio; buscó explicaciones, pero no encontró más que una verdad que le exigía ser aceptada. Y la aceptó. Desde ese momento supo que no podría empezar de nuevo, entendió que no debía abrir al mundo su corazón, su alma. Se juró no volver a soñar. Ella sigue viviendo y aún cumple su promesa...